Hugo Diz


 5 de agosto de 2022

Sin saberlo, me alentó por la negativa. Supe que me tenía una bronca encarnizada. Al principio no, al principio me ayudó, pero después me cerraba los caminos. Yo estaba al tanto de lo mal que hablaba Hugo Diz de mí. Mal y mucho. Él, en algún momento tardío, lo reconoció. 

Elegí, como arma para contrarrestar aquella verba difamatoria de macho contrariado, hacer muchas cosas muy buenas y divulgarlas. Viví constantemente produciendo y contando lo que hacía. Yo quería hacer entrar a nuestros mutuos interlocutores en disonancia cognitiva. Que le llevaran mis logros como prueba de que su versión de mí era falsa. Así lo hacían callar. No por él; por mí. Por mi carrera, tan ardua y lenta a fuerza de los obstáculos que él con tanta facilidad me fabricaba. En el veneno de sus palabras diluyentes yo hallé el principio activo de mis vitaminas motivacionales. 

Pensaba que un mar intoxicado (no él; yo, la idea de mí que tenían los otros) se saneaba dejando caer allí mucha agua limpia. Me llegaba un rumor y yo subía la apuesta. Pude ser una tipa tranquila, hippie. Pero mi propia ira ante la calumnia injusta me convirtió en un Elon Musk sin cohetes, lanzando al espacio libros en vez de autos eléctricos. Nunca lo supo.

 Nunca supo que fue contra él, contra esa verba monstruosa, que me hice yuppie pobre de la poesía. No supo de la comicidad sombría que yo hallaba en su apellido, que era la primera sílaba del término castizo del chisme infame: “Diz-que”. Ni de mis bromas literarias de humor negro, que (hasta donde sé) no le llegaron. Hoy ese apellido chistoso está en una lápida y sus versos se releen, y merecen serlo. 

Hoy despido a un gran poeta rosarino y lo único que me queda por decir es una palabra: GRACIAS, Hugo Diz.



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