Eduardo Serón

 


23 de diciembre de 2021

Me llegó como un susurro, como el susurro musical y leve y denso en texturas sonoras y semióticas que sigue siendo su poesía. Me llegó como un susurro, o dos. Primero, el no le digas a nadie, el leal amigo último volcando su pena y su terror a la soledad en una confesión nocturna sobre su enfermedad en medio de una de las pocas fiestas llenas de gente que hubo. Y hoy, un audio de Whatsapp. Una colega, poeta; un mensaje.

Se enteró y me pasó el dato: Claudia Caisso ha muerto. La poeta que tejía tramas inextricables de sonido y sentido en cada poema, la que escribía poesía como ya no se escribe, ha muerto. Lo que le tenía que decir pude decírselo, si mal no recuerdo.

Recuerdo su generosidad como crítica literaria que nos recibía en un inspirado prólogo a les más jóvenes, gesto raro en estos lugares y tiempos. Le agradecimos con un regalo: un libro de Marosa di Giorgio. Recuerdo la presentación de su libro El tímpano de la epifanía, que fue en un bar, y esa sonoridad exquisita siendo ahogada por las carcajadas de un cumpleaños de gente más bien grandulota que tenía lugar, bastante más lugar, en ese mismo bar. Fue en 2009 y fue justo cuando Saturno estaba saliendo de Virgo.

Ahora que lo pienso, un cierto rigor en el cuidado de los detalles de la forma emitió aquella noche su nota última. Siguió tejiendo música en el arpa de plata del poema sin ser oída esta poeta, en el pantano de la última década larga, y vaya a saberse a través de quién irá a cantar ahora. Pongan atención a cada zorzal. Todavía hay belleza en los sonidos que pueblan el aire. Pero ya no más la orfebrería de sus libros.

Adiós, Claudia. Es tiempo de llorarte ahora y será tiempo de reeditarte después. Que ahora descanses en el silencio del espacio que está por encima del aire.

Y gracias por todo.



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