Once días pasaron, número maestro. Lavado y seco el bolso de transporte. Guardada la caja de piedras. Asoleado el colchón. Lavado el dormitorio. Entregada la última flor.
Finiquitado el mini parque de la memoria. Le vacié ahí la apacheta, donde estaban sus gónadas, y ahora yace completo su cuerpito bajo la tierra súper fértil donde mañana plantaré un césped especial llamado dichondra. Completo está, para que en la casa ancestral la Abuela lo sane del todo y suba entero, por si quiere renacer, para que no le falte nada cuando renazca. Ayer completé el sueño que había tenido la otra noche. Unas alas de mariposa le inventé, anaranjadas y solares como él, como el sol que nuestro amigo Nacho trajo a casa esa misma noche en su memoria. Ayer toda la tarde tuve su mirada en mi corazón, Fue como cuando me miraba de lejos invitándome a seguirlo, un juego que tenía: “me voy, pero seguime, buscame, traeme a casa”. Y me sostenía la mirada cuando jugaba ese juego, y ayer me sostenía la mirada verde claro en mi corazón. Esta vez no te traigo de vuelta a nuestra casa, chiquito, le dije en el sueño despierta. Tenés un cuerpito nuevo, liviano, livianito, probalo, vas a ver cómo vuela, cómo volás a la luz, le dije y vi que primero me miraba como preguntando, vacilante, desde lo alto del techo de la casa ancestral, bajo la luz solar; pero enseguida corrió por todo el techo como si fuera una pista de aterrizaje y picó con sus patitas traseras y se lanzó de un salto, hacia la luz solar, donde vi cómo giraba y giraba en remolino luminoso con su papá, con su mamá, con su tío el Negro, girando en remolino danzaron ascendentes en la luz, jugando felices fueron uno con el Alma Gatuna Primordial.
Y anoche me acosté y sentí como si tiraran de un cable enchufado en mi corazón y lo desenchufaran, y era él.
El Colo.
Despegándose.
Adiós.
Este post de Beatriz a su gato El Colo no tiene un obituario en Rosario/12, pero deberñia haberlo tenido.

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